Calma. Sí, calma. Por fin, después de un fin de semana intenso, después de planes en los que no ha faltado de nada. Mañanas de montaña y tardes de playa, amigos, swing, música y niños. Por fin, después de tanta actividad tengo mi momento sentada en mi esquinita favorita del sofá. Sí, la de la energía que ya expliqué el otro día. Pero hoy sin chocolate porque me duele la barriga.
Que no me extraña que me duela, porque es que no hay un sólo día que no coma con la sensación de que estoy en todo menos en el plato que me estoy comiendo. Seguro que si sois madres me entendéis a la perfección sin necesidad de muchas explicaciones.
Y si la comida, en vez de en casa, es en un restaurante con cierto "caché" el estrés va en aumento. Y cuando me miro desde fuera me veo como una peli de Mr. Bean, porque al menos así me río y no me veo como una madre desquiciada sino como dice mi hijo como la "Madre Calamara" de la serie de dibujos "La Invasión del Plácton" que nos tiene enganchados a Joel y a mi.
Así que mientras intento que mi hijo de seis años no parezca un verdadero hombre de las cavernas comiéndose la pata de un mamut a mordisco limpio, que no tire con el codo la copa de agua, que baje la voz de pito, que no escupa en el plato cuando dice que ha pillao un hueso y cuatrocientasmil cosas más al mismo tiempo, con la mano que me queda libre empiezo el ritual "aguantaunpocomásenelcarritoynollores" con el otro enano. Este ritual consiste (explico para las que no tengan hijos, porque las otras fijo que ya se lo conocen) en técnicas varias de distracción y teatro dignas de cualquier clown profesional: le pones el chupete al enano, le haces un bailecito con el muñequito de turno, le vuelves a poner el chupete, le pones la servilleta por la cabeza rollo cucú-trás, le vuelves a poner el chupete que se empeña en sacar, te inventas una historia improvisada con la servilleta, le vuelves a poner el chupete, le haces el cinco lobitos, le pones de nuevo el chupete, le pones cara de pena o de risa o de sorpresa, empiezas a pasar ya del chupete, mueves el carrito y por último, le das para que chupe lo primero que pillas, lo que sea para intentar que no llore, pero no.
No hay nada que hacer, el enano que ya está hartito del carro se pone a llorar a moco tendido en medio del restaurante con "caché" lleno de gente que te mira con caras juzgadoras y miradas entre "haz que el niño se calle de una vez" y "pobrecito, si es que con lo gordi que está debe tener hambre y su madre comiendo tan tranquila y no le da la papilla". Así que te rindes, dejas de hacer malabares con la servilleta y el chupete, te levantas y lo coges.
Como por arte de mágia, el gordi deja de llorar y empieza a partirse de risa (claro, tiene los brazos de su mami que es lo que quería y sabe que ha ganado la batalla contra la maldita servilleta parlanchina). Y el estrés ahora sí que sí empieza a subir en picado: "cuidado con el cuchillo que casi lo coge; no ves que casi mete la mano en el plato con la comida?; ostrás! que se mete el pan en la boca y aún no puede comer gluten!!; mierda! el mantel, suelta, suelta, que se cae todo al suelo!; el chupete, que lo ha lanzao volando y lo vas a pisar!".............Basta! me rindo!
Y entonces me doy cuenta que llevo toda la comida engullendo cual rumiante, masticando y tragando a toda prisa mientras intento tenerlo todo controlado y que con tanto follón es que ya no tengo ni hambre. Y pienso: me parece que me va a dar dolor de barriga, Madre Calamara!, quien me manda a mi venir a comer a un restaurante!!