Calma. Sí, calma. Por fin, después de un fin de semana intenso, después de planes en los que no ha faltado de nada. Mañanas de montaña y tardes de playa, amigos, swing, música y niños. Por fin, después de tanta actividad tengo mi momento sentada en mi esquinita favorita del sofá. Sí, la de la energía que ya expliqué el otro día. Pero hoy sin chocolate porque me duele la barriga.
Que no me extraña que me duela, porque es que no hay un sólo día que no coma con la sensación de que estoy en todo menos en el plato que me estoy comiendo. Seguro que si sois madres me entendéis a la perfección sin necesidad de muchas explicaciones.
Y si la comida, en vez de en casa, es en un restaurante con cierto "caché" el estrés va en aumento. Y cuando me miro desde fuera me veo como una peli de Mr. Bean, porque al menos así me río y no me veo como una madre desquiciada sino como dice mi hijo como la "Madre Calamara" de la serie de dibujos "La Invasión del Plácton" que nos tiene enganchados a Joel y a mi.
Así que mientras intento que mi hijo de seis años no parezca un verdadero hombre de las cavernas comiéndose la pata de un mamut a mordisco limpio, que no tire con el codo la copa de agua, que baje la voz de pito, que no escupa en el plato cuando dice que ha pillao un hueso y cuatrocientasmil cosas más al mismo tiempo, con la mano que me queda libre empiezo el ritual "aguantaunpocomásenelcarritoynollores" con el otro enano. Este ritual consiste (explico para las que no tengan hijos, porque las otras fijo que ya se lo conocen) en técnicas varias de distracción y teatro dignas de cualquier clown profesional: le pones el chupete al enano, le haces un bailecito con el muñequito de turno, le vuelves a poner el chupete, le pones la servilleta por la cabeza rollo cucú-trás, le vuelves a poner el chupete que se empeña en sacar, te inventas una historia improvisada con la servilleta, le vuelves a poner el chupete, le haces el cinco lobitos, le pones de nuevo el chupete, le pones cara de pena o de risa o de sorpresa, empiezas a pasar ya del chupete, mueves el carrito y por último, le das para que chupe lo primero que pillas, lo que sea para intentar que no llore, pero no.
No hay nada que hacer, el enano que ya está hartito del carro se pone a llorar a moco tendido en medio del restaurante con "caché" lleno de gente que te mira con caras juzgadoras y miradas entre "haz que el niño se calle de una vez" y "pobrecito, si es que con lo gordi que está debe tener hambre y su madre comiendo tan tranquila y no le da la papilla". Así que te rindes, dejas de hacer malabares con la servilleta y el chupete, te levantas y lo coges.
Como por arte de mágia, el gordi deja de llorar y empieza a partirse de risa (claro, tiene los brazos de su mami que es lo que quería y sabe que ha ganado la batalla contra la maldita servilleta parlanchina). Y el estrés ahora sí que sí empieza a subir en picado: "cuidado con el cuchillo que casi lo coge; no ves que casi mete la mano en el plato con la comida?; ostrás! que se mete el pan en la boca y aún no puede comer gluten!!; mierda! el mantel, suelta, suelta, que se cae todo al suelo!; el chupete, que lo ha lanzao volando y lo vas a pisar!".............Basta! me rindo!
Y entonces me doy cuenta que llevo toda la comida engullendo cual rumiante, masticando y tragando a toda prisa mientras intento tenerlo todo controlado y que con tanto follón es que ya no tengo ni hambre. Y pienso: me parece que me va a dar dolor de barriga, Madre Calamara!, quien me manda a mi venir a comer a un restaurante!!
Porque a veces las cosas no son como nos imaginamos que deberían ser, pero cuando lo escribes todo toma sentido y el kaos mental se pone en orden. Porqué quien quiere ser perfecta si la imperfección nos hace libres?
domingo, 6 de abril de 2014
domingo, 30 de marzo de 2014
Mi azul
Hay personas que desprenden una energía especial, que sólo con estar con ellas ya te cambia el ánimo y te sientes en paz y con ganas de reír y de abrazarlas. Yo conozco a unas cuantas de éstas, no a muchas, porque éstas personas son gente especial y de lo bueno ya se sabe que hay poco.
No me refiero sólo a personas con las que tienes una conexión especial o que son tus amigas y que te lo pasas bien con ellas, no es eso, a lo que me refiero es a personas que de verdad tienen un don especial y que tienen la capacidad de transmitir una energía vital positiva y de recargarte las pilas.
No quiero parecer una friki, porque al final siempre acabo poniendo algo del tema de las energías, pero creo que hay muchas cosas que no llegamos a entender y que tienen que ver con eso. Bueno, con esto y con las conexiones cósmicas del universo (toma ya!) que aún son más misteriosas. Y me da igual que suene friki, pero a mi me gusta imaginar que todos tenemos un campo energético de color azul alrededor que interacciona con el de los otros y si son compatibles, se unen y se convierten en un único campo azul brillante. Y que cuando estamos felices y a gusto aún brilla más.
Me encanta montarme mis películas y fantasear con mis burbujas de color azul ¡qué le vamos a hacer!
Y no sé vosotros, pero yo tengo la suerte de tener cerquita a algunas personas de éstas y que además, son conscientes de que tienen este poder en sus manos, como si tuvieran la capacidad de hacerte el "abracadabra" con solo tocarte. Y entonces, ya no puedo estar triste o enfadada o preocupada, me recargan y me llenan de energía de la buena y me imagino que mi azul está que se sale.
Y si encima llego a casa y a mi pequeñín nada más verme se le iluminan los ojos y la sonrisa no le cabe en la cara y me mira como si no me hubiera visto en un mes, ya no me queda duda alguna: se me nota, sí señor, se me nota que se me está saliendo el azul por los poros.
No me refiero sólo a personas con las que tienes una conexión especial o que son tus amigas y que te lo pasas bien con ellas, no es eso, a lo que me refiero es a personas que de verdad tienen un don especial y que tienen la capacidad de transmitir una energía vital positiva y de recargarte las pilas.
No quiero parecer una friki, porque al final siempre acabo poniendo algo del tema de las energías, pero creo que hay muchas cosas que no llegamos a entender y que tienen que ver con eso. Bueno, con esto y con las conexiones cósmicas del universo (toma ya!) que aún son más misteriosas. Y me da igual que suene friki, pero a mi me gusta imaginar que todos tenemos un campo energético de color azul alrededor que interacciona con el de los otros y si son compatibles, se unen y se convierten en un único campo azul brillante. Y que cuando estamos felices y a gusto aún brilla más.
Me encanta montarme mis películas y fantasear con mis burbujas de color azul ¡qué le vamos a hacer!
Y no sé vosotros, pero yo tengo la suerte de tener cerquita a algunas personas de éstas y que además, son conscientes de que tienen este poder en sus manos, como si tuvieran la capacidad de hacerte el "abracadabra" con solo tocarte. Y entonces, ya no puedo estar triste o enfadada o preocupada, me recargan y me llenan de energía de la buena y me imagino que mi azul está que se sale.
Y si encima llego a casa y a mi pequeñín nada más verme se le iluminan los ojos y la sonrisa no le cabe en la cara y me mira como si no me hubiera visto en un mes, ya no me queda duda alguna: se me nota, sí señor, se me nota que se me está saliendo el azul por los poros.
jueves, 27 de marzo de 2014
A mi hermana
"Para quien no la conozca mucho le diré que es una persona de
las que no quedan muchas, que no le cabe el corazón en el pecho y que nunca les
falla a los amigos. Pero por si acaso, os voy a hablar de todas sus cualidades
porque para eso soy su hermana y una de las personas que mejor la conoce:
Y bueno, por meterme un poco
con ella diré que también tiene algún defectillo, no os penséis que todo son
virtudes: es despistada, desordenada y
un poco fantasiosa. Podría contar mil anécdotas de hermanas como las veces y
veces que perdía las llaves de casa, el bono del metro, la paga del fin de
semana o me rompía mi camiseta favorita, pero bueno, cosas de hermanas, ya se sabe."
Este es un pedazo del texto que le escribí para el día de su boda, que hoy lo comparto con todos vosotros y espero que cuando salga del hospital pueda leerlo y nos riamos juntas un rato.
Porque tenerte lejos y no poder ni hablar por teléfono es una tortura, ponte buena ya.
Diana es una mujer valiente. Nunca ha dudado en perseguir
aquello en lo que cree, porque quien no arriesga no gana, y ella no es de las
que se queda con la duda. A veces le ha ido bien en la vida y otras no tanto;
ella sabe lo que es caerse y volverse a levantar, porque lo ha hecho unas
cuantas veces y puedo decir que cada vez que se ha levantado lo ha hecho con
más fuerza y mejor, con más experiencia delante de la vida, más madura y más
responsable.
Diana es también una buena consejera, está siempre dispuesta
a escuchar, y es de las que escucha bien, sin juzgar, y que luego te da buenos
consejos. Te habla desde el corazón y te tiende su mano.
Diana es generosa, te da lo que tiene y lo que no. Siempre
encontrareis su puerta abierta, pero sobre todo su corazón. Tiene amor para dar
y vender. Siempre se ha preocupado por los que menos tienen, por la gente que
pasa dificultades, por las personas que han venido desde lejos y no han tenido
la misma suerte que nosotros. Quien la conoce sabe que no me lo invento, que
desde pequeña ha sido abogada de las causas perdidas, de los pájaros heridos,
de los gatos abandonados… y ya de mayor voluntaria con personas mayores, gente
sin papeles, jóvenes en riesgo y ya paro porque no acabaría.
También con los de casa Diana lo da todo. Es amorosa,
emocional, cariñosa y contagia la ilusión a todos y cada uno de nosotros. Hace
casi seis años que es tía y puedo decir que ha sido una genial educadora y
amiga de su sobrino, siempre pensando como darle sorpresas y buenos momentos y
ayudarle a crecer. Estoy segura que cuando llegue el momento será una buena
madre y sabrá como acompañar a sus hijos en el camino que es la vida.
Además, Diana es una gran bailadora, desde pequeña ha
bailado sevillanas, flamenco, jotas, seguidillas, etc, etc… y ya de mayor nos
dejó a todos con la boca abierta con la vena salsera. Allí donde hay música
está ella para echarse unos bailes con la gracia y salero que la caracterizan.
Aún me acuerdo la de veces que me ha intentado dar clases (con no muy buenos
resultados, esos sí).
Este es un pedazo del texto que le escribí para el día de su boda, que hoy lo comparto con todos vosotros y espero que cuando salga del hospital pueda leerlo y nos riamos juntas un rato.
Porque tenerte lejos y no poder ni hablar por teléfono es una tortura, ponte buena ya.
miércoles, 19 de marzo de 2014
A levantarse y seguir jugando!
Aquí estoy, comiéndome una natilla de chocolate sentada en mi esquinita favorita del sofá, el rincón de la energía que le llamo yo, que me mola mucho esto de pensar que la energía se concentra en algunos puntos de la casa y aunque no tengo ni idea de feng shui ni nada de esto, me da a mi que esta esquinita del salón tiene algo especial que solo lo percibimos los bebés (que curiosamente siempre se quedan embobados mirando a esta esquina) y yo.
Y como iba diciendo, aquí sentada en mi rincón de la energía, chocolate en boca y ordenador sobre rodillas, me pongo a darle vueltas al coco sobre las cosas de la vida y lo poco que cuesta a veces ser feliz y ver el lado bueno de las cosas. Y sino, que se lo pregunten a mi hijo.
Una vez me preguntaron si me consideraba una persona positiva y la respuesta fue sí. Me considero una persona positiva y feliz (que no es lo mismo), aunque también he pasado por momentos de mi vida en los que he estado triste y veía las cosas más bien de color oscuro, y la verdad es que ahora cuando miro hacia atrás casi no me reconozco. No sé si eso le pasa a mucha gente, pero cuando me veo a mi misma en plan drama, me doy mucha rabia.
Y es que estoy convencida que la felicidad no depende tanto de factores externos (aunque claro que tener una vida fácil con las necesidades básicas cubiertas ayuda), sino de la actitud que tengas delante de vida y los problemas.
Cuando me enteré que estaba embarazada de mi segundo hijo casi me da un yuyu y me entraron todos los miedos del mundo, desde si sabría ser madre de dos pequeños monstruitos devora-paciencias o acabaría medio loca en dos días, hasta si podría vivir la maternidad de una manera positiva y no como un sacrificio continuo. Ahora no sé ni como podía plantearme todo eso con lo que disfruto viendo reírse a mis hijos, jugar juntos o dando guerra, no entiendo porque me centraba en lo malo cuando todo lo bueno gana por goleada.
Parece que siempre tendemos a centrarnos en los problemas, en vez de mirar las oportunidades y las cosas nuevas por descubrir. La pregunta estrella que me suele hacer la gente es si Joel tiene celos de Éric y la verdad es que, contra todo pronóstico, él es el que más enamorado está de su hermano. Hace dos días le intentaba explicar a Joel qué hacer cuando algo nos pone tristes y la conversación era de lo más divertida, sobre todo por la lógica aplastante que tiene mi hijo y su filosofía ante la vida, digna de admirar.
- A ver, a ti qué cosas te ponen triste? - Pues cuando me caigo y me hago mal en la rodilla.- Y qué haces si te pones triste?- Espero que se me pase.- Vale, y si ves que no se te pasa?.- Pues me levanto y sigo jugando.
Al final, acabé dándome cuenta que a Joel no le hace falta que nadie le enseñe a ser positivo, porque él nos puede dar lecciones a todos. Y la verdad es que tiene toda la razón, cuando te caes, aunque te duela, no queda otra que levantarse y seguir jugando.
Y como diría mi madre: A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Y como iba diciendo, aquí sentada en mi rincón de la energía, chocolate en boca y ordenador sobre rodillas, me pongo a darle vueltas al coco sobre las cosas de la vida y lo poco que cuesta a veces ser feliz y ver el lado bueno de las cosas. Y sino, que se lo pregunten a mi hijo.
Una vez me preguntaron si me consideraba una persona positiva y la respuesta fue sí. Me considero una persona positiva y feliz (que no es lo mismo), aunque también he pasado por momentos de mi vida en los que he estado triste y veía las cosas más bien de color oscuro, y la verdad es que ahora cuando miro hacia atrás casi no me reconozco. No sé si eso le pasa a mucha gente, pero cuando me veo a mi misma en plan drama, me doy mucha rabia.
Y es que estoy convencida que la felicidad no depende tanto de factores externos (aunque claro que tener una vida fácil con las necesidades básicas cubiertas ayuda), sino de la actitud que tengas delante de vida y los problemas.
Cuando me enteré que estaba embarazada de mi segundo hijo casi me da un yuyu y me entraron todos los miedos del mundo, desde si sabría ser madre de dos pequeños monstruitos devora-paciencias o acabaría medio loca en dos días, hasta si podría vivir la maternidad de una manera positiva y no como un sacrificio continuo. Ahora no sé ni como podía plantearme todo eso con lo que disfruto viendo reírse a mis hijos, jugar juntos o dando guerra, no entiendo porque me centraba en lo malo cuando todo lo bueno gana por goleada.
Parece que siempre tendemos a centrarnos en los problemas, en vez de mirar las oportunidades y las cosas nuevas por descubrir. La pregunta estrella que me suele hacer la gente es si Joel tiene celos de Éric y la verdad es que, contra todo pronóstico, él es el que más enamorado está de su hermano. Hace dos días le intentaba explicar a Joel qué hacer cuando algo nos pone tristes y la conversación era de lo más divertida, sobre todo por la lógica aplastante que tiene mi hijo y su filosofía ante la vida, digna de admirar.
- A ver, a ti qué cosas te ponen triste? - Pues cuando me caigo y me hago mal en la rodilla.- Y qué haces si te pones triste?- Espero que se me pase.- Vale, y si ves que no se te pasa?.- Pues me levanto y sigo jugando.
Al final, acabé dándome cuenta que a Joel no le hace falta que nadie le enseñe a ser positivo, porque él nos puede dar lecciones a todos. Y la verdad es que tiene toda la razón, cuando te caes, aunque te duela, no queda otra que levantarse y seguir jugando.
Y como diría mi madre: A buen entendedor, pocas palabras bastan.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Familia trotamundos go home!
Nosotros, que habíamos sido los reyes de los viajes sin rumbo y los planes "over the march", de las rutas mochileras y los fines de semana "last minute" o lo que es lo mismo, de decidir destino en el último momento o incluso coger la carretera sin saber muy bien donde vas y acabar durmiendo en una playa, en un prado o en el mismísimo hotel de la peli de El Resplandor (y esto no es broma, os lo cuento en otro post, porque tiene tela), nosotros, que eso de tener reservas nos parecía algo demasiado pijo y aburrido, hace ya un tiempo que tuvimos que asumir que unas vacaciones un poquito más planificadas y menos aventureras tampoco vienen nada mal (sobre todo si la familia crece y lo que necesitas es "RELAX" y no tener que estresarte pensando donde vas a tener que dormir cada noche).
A los veintiuno creo que tuve la edad del "vale". Cualquier propuesta de hacer un viaje, cerca o lejos, me parecía lo mejor que podía hacer en ese momento sin lugar a dudas, así que con solo decir "vale" ya estaba con la mochila lista para la ruta. Después de unos cuantos "vales" y pasármelo la mar de bien recorriendo Italia, nos plantamos en Perú, donde además de vivir un año maravilloso de mi vida, nos pegamos unos cuantos viajes mochila al hombro, sin planificar demasiado ni el medio de transporte ni el destino. Así, tan pronto estábamos durmiendo en un campamento del camino inca, en una cabaña de una isla del lago Titicaca o cogiendo un bus totalmente improvisado destino La Paz. No había fecha de vuelta ni ruta ni muchas comodidades, pero las anécdotas, las risas y las sorpresas estaban aseguradas.
Y es que hay viajes que solo se hacen una vez en la vida, sobre todo porque hay locuras que con los años ya no repetirías ni de coña y con hijos ya ni te cuento!
Pero el viaje cruzando los Andes ha sido uno de los mejores de mi vida y si volviera atrás lo repetiría absolutamente sin dudarlo un segundo, igual que no lo dudé hace 13 años. Daba igual si dormías en un catre viejo de una pensión sin agua caliente, si te picaban las pulgas en el autobús o si acababas teniendo que negociar con el conductor de la combi para que saliera a la hora aunque no se hubieran llenado las plazas. Daba igual no encontrar sitio para dormir, viajar por carreteras a cinco mil metros de altitud y en temporada de lluvias, hacer una excursión en una moto sin frenos o lo que fuera, daba igual, porque al fin y al cabo era parte de la aventura y del sentido del viaje.
Cuando ya teníamos unos cuantos añicos más y un poco más de dinerillo (y la cabeza un poco más asentada, todo sea dicho), nos compramos la furgo con la idea de seguir haciendo viajes improvisados y seguir teniendo la libertad que te da dormir "dondetepille". Y es que sí, nos resistimos a perder el espíritu trotamundos y poder despertarte en una cala o en un bosque o en un despegue con vistas. Con la furgo hemos descubierto sitios increibles que merecen la medalla de oro de los "furgoperfectos", pero después de unas cuantas vacaciones furgoneteras, yo reconozco que he tirado la toalla!
Sí, sí, decidme que soy una rajada o que me hago vieja, lo tengo asumido: soy una rajada y me hago vieja, pero es que unas vacaciones en familia "over the march" pueden ser muy divertidas o pueden ser muy agotadoras, o mejor dicho muy divertidas y agotadoras al mismo tiempo.
Y yo es que será que ya no estoy para tanto larala y tanto lerele, pero a mi lo que me pide el cuerpo ahora para vacaciones es descansar. Ya no tengo fuerzas de tirarme un mes de ruta, ni de estresarme porque son las ocho y aún no sé donde vamos a dormir y si será un sitio tranquilo para el peque y si voy a poder hacerle de cenar algo decente. Cada vez quiero tener más calma y menos aventura, que las anécdotas inverosímiles ya me las ponen mis hijos.
Hace poco leí un artículo de una familia que lleva no sé ni cuanto viajando por el mundo con sus 5 hijos en un cuatro latas y que se apañan la mar de bien, incluso se han dedicado a tener más hijos por el camino y aumentar la familia en pleno viaje. La verdad que admiro a estas familias viajeras, viajeras de verdad, que se recorren el mundo con cuatro cosas, un coche y los hijos incluidos. Que no les da pereza meterse kilómetros y kilómetros a pesar de tener unos pequeños monstruos en el asiento de atrás preguntado cada 10 minutos cuando llegamos, a pesar de tener pocas pelas y pocas comodidades, a pesar de tener que adaptar los ritmos a un niño de tres años otro de seis y otros de otros tantos, a pesar de eso no tiran la toalla.
Me pregunto si volveré a tener viajes "over the march" y si seremos algún día una familia nómada, pero de momento, lo veo lejano. Eso sí, la vida te da sorpresas, así que nunca se sabe!
A los veintiuno creo que tuve la edad del "vale". Cualquier propuesta de hacer un viaje, cerca o lejos, me parecía lo mejor que podía hacer en ese momento sin lugar a dudas, así que con solo decir "vale" ya estaba con la mochila lista para la ruta. Después de unos cuantos "vales" y pasármelo la mar de bien recorriendo Italia, nos plantamos en Perú, donde además de vivir un año maravilloso de mi vida, nos pegamos unos cuantos viajes mochila al hombro, sin planificar demasiado ni el medio de transporte ni el destino. Así, tan pronto estábamos durmiendo en un campamento del camino inca, en una cabaña de una isla del lago Titicaca o cogiendo un bus totalmente improvisado destino La Paz. No había fecha de vuelta ni ruta ni muchas comodidades, pero las anécdotas, las risas y las sorpresas estaban aseguradas.
Y es que hay viajes que solo se hacen una vez en la vida, sobre todo porque hay locuras que con los años ya no repetirías ni de coña y con hijos ya ni te cuento!
Pero el viaje cruzando los Andes ha sido uno de los mejores de mi vida y si volviera atrás lo repetiría absolutamente sin dudarlo un segundo, igual que no lo dudé hace 13 años. Daba igual si dormías en un catre viejo de una pensión sin agua caliente, si te picaban las pulgas en el autobús o si acababas teniendo que negociar con el conductor de la combi para que saliera a la hora aunque no se hubieran llenado las plazas. Daba igual no encontrar sitio para dormir, viajar por carreteras a cinco mil metros de altitud y en temporada de lluvias, hacer una excursión en una moto sin frenos o lo que fuera, daba igual, porque al fin y al cabo era parte de la aventura y del sentido del viaje.
Cuando ya teníamos unos cuantos añicos más y un poco más de dinerillo (y la cabeza un poco más asentada, todo sea dicho), nos compramos la furgo con la idea de seguir haciendo viajes improvisados y seguir teniendo la libertad que te da dormir "dondetepille". Y es que sí, nos resistimos a perder el espíritu trotamundos y poder despertarte en una cala o en un bosque o en un despegue con vistas. Con la furgo hemos descubierto sitios increibles que merecen la medalla de oro de los "furgoperfectos", pero después de unas cuantas vacaciones furgoneteras, yo reconozco que he tirado la toalla!
Sí, sí, decidme que soy una rajada o que me hago vieja, lo tengo asumido: soy una rajada y me hago vieja, pero es que unas vacaciones en familia "over the march" pueden ser muy divertidas o pueden ser muy agotadoras, o mejor dicho muy divertidas y agotadoras al mismo tiempo.
Y yo es que será que ya no estoy para tanto larala y tanto lerele, pero a mi lo que me pide el cuerpo ahora para vacaciones es descansar. Ya no tengo fuerzas de tirarme un mes de ruta, ni de estresarme porque son las ocho y aún no sé donde vamos a dormir y si será un sitio tranquilo para el peque y si voy a poder hacerle de cenar algo decente. Cada vez quiero tener más calma y menos aventura, que las anécdotas inverosímiles ya me las ponen mis hijos.
Hace poco leí un artículo de una familia que lleva no sé ni cuanto viajando por el mundo con sus 5 hijos en un cuatro latas y que se apañan la mar de bien, incluso se han dedicado a tener más hijos por el camino y aumentar la familia en pleno viaje. La verdad que admiro a estas familias viajeras, viajeras de verdad, que se recorren el mundo con cuatro cosas, un coche y los hijos incluidos. Que no les da pereza meterse kilómetros y kilómetros a pesar de tener unos pequeños monstruos en el asiento de atrás preguntado cada 10 minutos cuando llegamos, a pesar de tener pocas pelas y pocas comodidades, a pesar de tener que adaptar los ritmos a un niño de tres años otro de seis y otros de otros tantos, a pesar de eso no tiran la toalla.
Me pregunto si volveré a tener viajes "over the march" y si seremos algún día una familia nómada, pero de momento, lo veo lejano. Eso sí, la vida te da sorpresas, así que nunca se sabe!
sábado, 8 de marzo de 2014
We have the power!
Como mujer y feminista, no podía dejar pasar el 8 de marzo sin hacer una entrada al blog sobre lo que representa este día.
La verdad que no quiero escribir más de lo mismo sobre la necesidad de seguir defendiendo la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, que aunque haya personas que crean que hoy en día ya está todo conseguido, queda mucho, pero que mucho camino por recorrer no solo en el ámbito doméstico con la implicación de los hombres en las tareas de la casa o en el cuidado de los hijos, sino también en lo público, en las empresas, en la política o en cualquier ámbito de poder, en el que la mayoría de las cabezas visibles y no visibles son hombres. Tampoco quería dedicar este post a la lucha de las mujeres, ya que ésta no debería ser una lucha de las mujeres sino de toda la sociedad, aunque haya bastantes "cabeza cuadradas" por ahí sueltos que piensen que esto es solo un tema de las feministas locas y que con ellos no va el tema. Este post no tiene pretensiones pues de profundizar en el significado social y político del 8 de marzo (y mira que me encanta, como buena politóloga que soy) sino solamente de reflexionar sobre algunas situaciones del día a día que a veces nos sacan la sonrisa y a veces nos desbordan.
Para empezar os contaré que mi hijo Joel tenía que haber nacido el 8 de marzo. Estaba tan feliz de tener un hijo justo el día de las mujeres trabajadoras, no me lo podía creer, esto era una señal... (esto de las señales, me encanta) tendría un hijo feminista y súper sensibilizado con las problemáticas de las mujeres del mundo! Pero como suele pasar, casi nunca a los bebés les da por nacer el día que toca y suelen adelantarse o retrasarse para cogerte desprevenida. Así pues, a Joel le dio por venir una semana antes y mi gozo en un pozo. Bueno, no importa, mi hijo será igualmente un niño feminista y sensibilizado, pensé. No puede ser de otra forma, porque en casa tiene un buen ejemplo, un padre la mar de apañado y comprometido y una madre bastante reivindicativa e independiente que no se queda callada ni sumisa ni asume eso de que el hombre es el macho dominante y la mujer el sexo débil.
Pero no sé ni como, Joel empieza la escuela y mi niño viene del cole diciendo eso de que el rosa es de chicas, que tal juego o tal otro no son de chicos, que él no quiere tal cosa o tal otra porque son de nenas y que las chicas no pueden jugar al fútbol porque es de chicos (¡Ole yo! a ver, ¿donde he fallado como madre, mujer y feminista? ¿qué he hecho mal para que me toque este castigo?) -Pero bueno, enano ¿tú de donde te has sacado esto?- y pones cara de Mona Lisa e intentas explicarle que el rosa no es de chicas, que el azul no es de chicos, que solo son colores, que las chicas también juegan al fútbol y a cualquier deporte que les guste y que los niños también pueden jugar a cuidar a las muñecas, igual que el papá le cuida a él.... y él me mira como diciendo "sí, sí, pero a mi no me cuentes rollos, que el rosa es de chicas".
Y llega un momento que no sabes si son los críos del cole, la tele, la escuela, el sistema o es TODO. Y es que todo lo que nos rodea transmite mensajes sexistas, a los que estamos tan habituados que ni nos damos cuenta, pero que los niños y las niñas los captan al vuelo y los asumen como propios. Es tan fuerte la cultura patriarcal que a veces parece que no podemos escapar de ella. Estoy más que harta de ver en el parque como se reproducen los roles de género de forma super bestia (mi hijo el primero, no digo que no). Las niñas juegan a ser princesitas y los chicos (por lo general, siempre hay excepciones) a la lucha, las carreras o a la pelota y son tan competitivos que da miedo. A veces hasta te planteas si es que lo llevan en los genes grabado a fuego.
Te consuelas pensando que son muy peques y que ya se les pasará y se darán cuenta de que no, de que las cosas no son tan simples y que poco a poco llegarán a ser hombrecitos más críticos con lo que ven en la tele y en la sociedad y no se creerán todo lo que les cuenten en los medios de comunicación y ... bueno, al menos tienes esa esperanza (espero no pecar de ingenua), por si acaso yo voy sembrando y no dejo de meter el rollo pedagógico cada vez que me sale con una de estas mini ideas machistas que se le pasan por su cabecita.
Y es que aunque parezca que no, las madres (y los padres) tenemos mucho poder, mucho, muchísimo. Tenemos en nuestras manos una pequeña generación de hombrecitos y mujercitas que serán el futuro de nuestra sociedad y que depende de nosotras que la información que les llega desde mil sitios diferentes pueda ser contrastada con el modelo de familia que tienen en casa y la información que les damos, tanto cuando les metemos la chapa como cuando les enseñamos con el ejemplo (que es lo que más les queda).
Tenemos el poder de formar una generación de niños sensibles a los problemas de la sociedad, a las desigualdades (no sólo las de género). Tenemos el poder de enseñarles a ser amorosos con los bebés, respetuosos con sus compañeros y tolerantes con los que no son como ellos. Tenemos el poder de hacer que entiendan que no solo lo material es lo que cuenta, que existen cosas más importantes y que lo principal son las cosas que no se ven ni se compran. Tenemos el poder de convertirlos en personas no dependientes ni sumisas sino independientes y luchadoras, y sobre todo, que sepan que todo lo que quieran lo pueden conseguir o al menos que ser hombre o mujer no sea el límite que se lo impida.
Me encantaría no tener que tener un día específico de la mujer, no tener que celebrar un día para reivindicar nuestros derechos y me encantaría no tener que luchar cada día para que mi hijo no reciba los malditos mensajes sexistas que le hacen tener la cabeza hecha un lío a sus 6 años, pero mientras esto siga pasando, seguiremos necesitando un 8 de marzo.
Ánimo a todas las mamis y papis en nuestra lucha diaria, estoy segura que lo conseguiremos!
La verdad que no quiero escribir más de lo mismo sobre la necesidad de seguir defendiendo la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, que aunque haya personas que crean que hoy en día ya está todo conseguido, queda mucho, pero que mucho camino por recorrer no solo en el ámbito doméstico con la implicación de los hombres en las tareas de la casa o en el cuidado de los hijos, sino también en lo público, en las empresas, en la política o en cualquier ámbito de poder, en el que la mayoría de las cabezas visibles y no visibles son hombres. Tampoco quería dedicar este post a la lucha de las mujeres, ya que ésta no debería ser una lucha de las mujeres sino de toda la sociedad, aunque haya bastantes "cabeza cuadradas" por ahí sueltos que piensen que esto es solo un tema de las feministas locas y que con ellos no va el tema. Este post no tiene pretensiones pues de profundizar en el significado social y político del 8 de marzo (y mira que me encanta, como buena politóloga que soy) sino solamente de reflexionar sobre algunas situaciones del día a día que a veces nos sacan la sonrisa y a veces nos desbordan.
Para empezar os contaré que mi hijo Joel tenía que haber nacido el 8 de marzo. Estaba tan feliz de tener un hijo justo el día de las mujeres trabajadoras, no me lo podía creer, esto era una señal... (esto de las señales, me encanta) tendría un hijo feminista y súper sensibilizado con las problemáticas de las mujeres del mundo! Pero como suele pasar, casi nunca a los bebés les da por nacer el día que toca y suelen adelantarse o retrasarse para cogerte desprevenida. Así pues, a Joel le dio por venir una semana antes y mi gozo en un pozo. Bueno, no importa, mi hijo será igualmente un niño feminista y sensibilizado, pensé. No puede ser de otra forma, porque en casa tiene un buen ejemplo, un padre la mar de apañado y comprometido y una madre bastante reivindicativa e independiente que no se queda callada ni sumisa ni asume eso de que el hombre es el macho dominante y la mujer el sexo débil.
Pero no sé ni como, Joel empieza la escuela y mi niño viene del cole diciendo eso de que el rosa es de chicas, que tal juego o tal otro no son de chicos, que él no quiere tal cosa o tal otra porque son de nenas y que las chicas no pueden jugar al fútbol porque es de chicos (¡Ole yo! a ver, ¿donde he fallado como madre, mujer y feminista? ¿qué he hecho mal para que me toque este castigo?) -Pero bueno, enano ¿tú de donde te has sacado esto?- y pones cara de Mona Lisa e intentas explicarle que el rosa no es de chicas, que el azul no es de chicos, que solo son colores, que las chicas también juegan al fútbol y a cualquier deporte que les guste y que los niños también pueden jugar a cuidar a las muñecas, igual que el papá le cuida a él.... y él me mira como diciendo "sí, sí, pero a mi no me cuentes rollos, que el rosa es de chicas".
Y llega un momento que no sabes si son los críos del cole, la tele, la escuela, el sistema o es TODO. Y es que todo lo que nos rodea transmite mensajes sexistas, a los que estamos tan habituados que ni nos damos cuenta, pero que los niños y las niñas los captan al vuelo y los asumen como propios. Es tan fuerte la cultura patriarcal que a veces parece que no podemos escapar de ella. Estoy más que harta de ver en el parque como se reproducen los roles de género de forma super bestia (mi hijo el primero, no digo que no). Las niñas juegan a ser princesitas y los chicos (por lo general, siempre hay excepciones) a la lucha, las carreras o a la pelota y son tan competitivos que da miedo. A veces hasta te planteas si es que lo llevan en los genes grabado a fuego.
Te consuelas pensando que son muy peques y que ya se les pasará y se darán cuenta de que no, de que las cosas no son tan simples y que poco a poco llegarán a ser hombrecitos más críticos con lo que ven en la tele y en la sociedad y no se creerán todo lo que les cuenten en los medios de comunicación y ... bueno, al menos tienes esa esperanza (espero no pecar de ingenua), por si acaso yo voy sembrando y no dejo de meter el rollo pedagógico cada vez que me sale con una de estas mini ideas machistas que se le pasan por su cabecita.
Y es que aunque parezca que no, las madres (y los padres) tenemos mucho poder, mucho, muchísimo. Tenemos en nuestras manos una pequeña generación de hombrecitos y mujercitas que serán el futuro de nuestra sociedad y que depende de nosotras que la información que les llega desde mil sitios diferentes pueda ser contrastada con el modelo de familia que tienen en casa y la información que les damos, tanto cuando les metemos la chapa como cuando les enseñamos con el ejemplo (que es lo que más les queda).
Tenemos el poder de formar una generación de niños sensibles a los problemas de la sociedad, a las desigualdades (no sólo las de género). Tenemos el poder de enseñarles a ser amorosos con los bebés, respetuosos con sus compañeros y tolerantes con los que no son como ellos. Tenemos el poder de hacer que entiendan que no solo lo material es lo que cuenta, que existen cosas más importantes y que lo principal son las cosas que no se ven ni se compran. Tenemos el poder de convertirlos en personas no dependientes ni sumisas sino independientes y luchadoras, y sobre todo, que sepan que todo lo que quieran lo pueden conseguir o al menos que ser hombre o mujer no sea el límite que se lo impida.
Me encantaría no tener que tener un día específico de la mujer, no tener que celebrar un día para reivindicar nuestros derechos y me encantaría no tener que luchar cada día para que mi hijo no reciba los malditos mensajes sexistas que le hacen tener la cabeza hecha un lío a sus 6 años, pero mientras esto siga pasando, seguiremos necesitando un 8 de marzo.
Ánimo a todas las mamis y papis en nuestra lucha diaria, estoy segura que lo conseguiremos!
jueves, 6 de marzo de 2014
Neuronas, he vuelto!
Después de casi ocho meses sin romperme las neuronas demasiado en otros asuntos que no fueran las tediosas tareas de casa, el parto, el postparto, las cosillas de la maternidad y por supuesto, paranoias mentales varias, típicas de tener demasiado tiempo para darle vueltas al tarro, llega el temido momento.
Sí, el temido momento de volver al curro, de dejar la vida de paseos al sol y de dejar a mi niño pequeño, que aún no se entera de nada y que no sabe que pronto su madre se va a tirar más horas fuera que dentro de casa y que se va a quedar sin lo que más le mola, la teta de su mami.
El temido momento de ver si aún las neuronas siguen funcionando y si puedo retener en el cerebro algo más que las veces que me he levantado medio sobada a darle la teta a Éric durante la noche.
El temido momento de pensar como organizarse para poder llegar a todas las reuniones, recoger al pequeño, recoger al grande, hacer el curso ese tan interesante, hacer la compra, planificar la cena, hacer el baño, preparar las cosas del cole y no morir en el intento. Y morir en el intento no moriré, que nadie se muere, aunque lo tengan mucho más chungo que yo, pero si llego a las once de la noche despierta casi no me lo creo.
Y antes que llegue el momento, me pego un fin de semana intensivo de salir, de risas, de carnaval y de fiesta. Un fin de semana subrealista, de amigas, de amigos, de juerga freake y de dormir poco. De bailar, de partirme de risa y de aprovechar hasta el último segundo. Como si ese fin de semana fuera el último antes del fin (qué drama le pongo, jejeje).
Pero llega el momento y vuelvo al trabajo. Empiezo los viajes en metro, las reuniones, los reencuentros. Las facturas, los mails, las actas, los informes. Y veo que las cosas van saliendo y que me gusta mi trabajo y que pese a los meses fuera, mi cabeza funciona y que no lo hago nada mal. Y que hay mucha gente que me quiere y que me valora y que me echaba de menos. Y me voy para casa contenta y que cuando llego, mi niño me espera con una gran sonrisa porque se lo ha pasado pipa con su yaya y porque se alegra de verme. Y ya se me ha pasado el miedo al "temido momento" y empiezo a disfrutar de esta nueva fase.
Y me acuerdo de la suerte que tengo que no me la acabo. Y dejo los dramas y vivo el momento.
Y sin darme cuenta, volvemos a estar a viernes y se ha pasado la semana en un suspiro. Y me preparo para acabar la semana como se merece, porque hace un tiempo que los viernes son mi día favorito de la semana, pero eso os lo explicaré en otro post.
Sí, el temido momento de volver al curro, de dejar la vida de paseos al sol y de dejar a mi niño pequeño, que aún no se entera de nada y que no sabe que pronto su madre se va a tirar más horas fuera que dentro de casa y que se va a quedar sin lo que más le mola, la teta de su mami.
El temido momento de ver si aún las neuronas siguen funcionando y si puedo retener en el cerebro algo más que las veces que me he levantado medio sobada a darle la teta a Éric durante la noche.
El temido momento de pensar como organizarse para poder llegar a todas las reuniones, recoger al pequeño, recoger al grande, hacer el curso ese tan interesante, hacer la compra, planificar la cena, hacer el baño, preparar las cosas del cole y no morir en el intento. Y morir en el intento no moriré, que nadie se muere, aunque lo tengan mucho más chungo que yo, pero si llego a las once de la noche despierta casi no me lo creo.
Y antes que llegue el momento, me pego un fin de semana intensivo de salir, de risas, de carnaval y de fiesta. Un fin de semana subrealista, de amigas, de amigos, de juerga freake y de dormir poco. De bailar, de partirme de risa y de aprovechar hasta el último segundo. Como si ese fin de semana fuera el último antes del fin (qué drama le pongo, jejeje).
Pero llega el momento y vuelvo al trabajo. Empiezo los viajes en metro, las reuniones, los reencuentros. Las facturas, los mails, las actas, los informes. Y veo que las cosas van saliendo y que me gusta mi trabajo y que pese a los meses fuera, mi cabeza funciona y que no lo hago nada mal. Y que hay mucha gente que me quiere y que me valora y que me echaba de menos. Y me voy para casa contenta y que cuando llego, mi niño me espera con una gran sonrisa porque se lo ha pasado pipa con su yaya y porque se alegra de verme. Y ya se me ha pasado el miedo al "temido momento" y empiezo a disfrutar de esta nueva fase.
Y me acuerdo de la suerte que tengo que no me la acabo. Y dejo los dramas y vivo el momento.
Y sin darme cuenta, volvemos a estar a viernes y se ha pasado la semana en un suspiro. Y me preparo para acabar la semana como se merece, porque hace un tiempo que los viernes son mi día favorito de la semana, pero eso os lo explicaré en otro post.
martes, 25 de febrero de 2014
Se acabó la siesta...
Hay días en los que acabas agotada, aburrida, agobiada y con ganas de salir corriendo a airearte un rato y tomarte una cerveza sentada en la barra de un bar con ambientillo y luces bajas, si es con una amiga con la que te puedas echar unas risas, mejor que mejor, porque eso de sentarte en la barra del bar sola cual mujer fatal, a mi no me va, yo soy un animal social y de los que le dan mucho al palique, así que necesito estar en compañía y contarnos la vida y como la vida siempre tiene cosas interesantes, pues siempre hago corto de tiempo. Y bueno, que me disperso cosa mala y de eso no va este post. Este post va de que eso mismito me pasó el domingo.
Domingo tranquilo y común, nada especial que lo diferencie del resto de domingos urbanos que me pego los meses de invierno. Mañana soleada ideal para pegarte un paseo y un vermoutillo al sol, comer fuera y acabar medio sobada, siempre con un ojo abierto, en un banco del parque mientras mi hijo mayor, Joel, juega al fútbol. A las cinco para casa que empieza a hacer rasqui y ya estoy aburrida del parque. A todo esto, Éric sobando la mar de bien, incluso demasiado bien. Y pienso: bueno, ahora que está dormido nos vamos para casa y aprovecho a hacer algo útil y sobre todo apasionante como vaciar el lavavajillas, recoger la cocina, doblar las ropas que tengo amontonadas desde hace una semana o ordenar el cuarto. ERROR! No sé como a día de hoy puedo seguir siendo tan ingenua. En cuanto pongo un pie en el portal de casa, Éric abre los ojos y se acabó la siesta! Os juro que entro sin hacer el menor ruido (ni para sacar las llaves), cierro el portón con tanto cuidado que parece que estoy manipulando un explosivo, llamo el ascensor rezando que no baje ningún vecino que me salude efusivamente y me despierte al enano para ver como está de gordi.... pero nada, no sé que pasa que no hay manera, cada vez que entramos parece que lo huele...
Y sí, lo tengo comprobadísimo, los bebés tienen un sensor implantado no sé donde que detecta cuando es el momento más perfectamente imperfecto para despertarse, que suele ser el preciso momento en el que tú te dispones a hacer algo importante o que sea por el motivo que sea necesitas que esté durmiendo. Así pues, estos momentos suelen ser, por ejemplo: cuando estás a punto de empezar a comer, especialmente cuando acaban de servir el plato a la mesa y estás que te mueres de hambre; cuando por fín consigues sentarte delante del ordenador y te dispones a relajarte leyendo algún artículo en internet o contestar un mail importante; cuando entras a casa deseando que no se despierte para que te dé tiempo de quitarte tranquilamente la ropa, ponerte el pijama y hacer la comida; y sobre todo, el momento estrella, cuando decides meterte a la ducha. Éste último no falla jamás (por eso he decidido no ducharme hasta que no lleguen relevos porque no hay nada más estresante que ducharte mientras oyes llorar al enano desesperadamente y acabas saliendo casi sin aclararte el pelo para que vea que sigues ahí, empapada pero viva).
Pues como iba diciendo, una vez despierto el enano, aborto el tema de la limpieza y decido dedicar la tarde a hacer de mami, pero resulta que el enano se ha despertado cruzado porque sigue teniendo sueño (y para qué se despierta, me pregunto) y no hay manera de hacer que se vuelva a dormir. Aquí es cuando empieza el momento agobio mutuo que va en aumento, él se agobia y lloriquea y no se puede dormir y quiere brazos y que me ponga de pie y que le pasee y que me deje de muñequitos, y yo me empiezo a poner nerviosa porque ya le he dado ochocientos paseos arriba y abajo y me duele la espalda y cada vez que me siento en el sofá se queja y si lo dejo en el suelo se queja más y llora y yo no puedo oirlo llorar, porque es superior a mi oir llorar a mi hijo, así que intento calmarlo cantando, haciendo el mono, arre arre tatanet, anirem a Sant Benet, y venga canciones y venga paseos y ni con teta ni con canciones se quiere dormir el enano. Y yo, que tengo poca paciencia, ya empiezo a estar agobiada y quiero que vengan los relevos para salir un rato a airearme, pero sin hijos, y a tomarme una cerveza en la barra de un bar con ambientillo y luces bajas, y darle al palique y reírme un rato.
Y no sé si soy yo que me agobian los domingos o que no tengo paciencia o que me va demasiado salir a airearme y darle al palique, o si esto les pasa a todas las madres y no soy la única a la que le hace falta desconectar de canciones infantiles y oír alguna canción de esas que no entiendes la letra pero que te la inventas y te quedas tan ancha. Pero la verdad que me da igual si soy o no la única, a mi me sienta de maravilla. Y bingo! suena la puerta y llegó el relevo! y el domingo tocan unos colegas en un bar cerca de casa y tengo una quedada pendiente con una amiga que es un sol y es el plan perfecto para airearnos un rato, así que sí, hay oportunidades que no se pueden dejar escapar.
Me encanta acabar bien una tarde aburrida de domingo y sobre todo, volver renovada y con la sonrisa puesta y ganas locas de besar a mi niños y por supuesto al "relevo".
Domingo tranquilo y común, nada especial que lo diferencie del resto de domingos urbanos que me pego los meses de invierno. Mañana soleada ideal para pegarte un paseo y un vermoutillo al sol, comer fuera y acabar medio sobada, siempre con un ojo abierto, en un banco del parque mientras mi hijo mayor, Joel, juega al fútbol. A las cinco para casa que empieza a hacer rasqui y ya estoy aburrida del parque. A todo esto, Éric sobando la mar de bien, incluso demasiado bien. Y pienso: bueno, ahora que está dormido nos vamos para casa y aprovecho a hacer algo útil y sobre todo apasionante como vaciar el lavavajillas, recoger la cocina, doblar las ropas que tengo amontonadas desde hace una semana o ordenar el cuarto. ERROR! No sé como a día de hoy puedo seguir siendo tan ingenua. En cuanto pongo un pie en el portal de casa, Éric abre los ojos y se acabó la siesta! Os juro que entro sin hacer el menor ruido (ni para sacar las llaves), cierro el portón con tanto cuidado que parece que estoy manipulando un explosivo, llamo el ascensor rezando que no baje ningún vecino que me salude efusivamente y me despierte al enano para ver como está de gordi.... pero nada, no sé que pasa que no hay manera, cada vez que entramos parece que lo huele...
Y sí, lo tengo comprobadísimo, los bebés tienen un sensor implantado no sé donde que detecta cuando es el momento más perfectamente imperfecto para despertarse, que suele ser el preciso momento en el que tú te dispones a hacer algo importante o que sea por el motivo que sea necesitas que esté durmiendo. Así pues, estos momentos suelen ser, por ejemplo: cuando estás a punto de empezar a comer, especialmente cuando acaban de servir el plato a la mesa y estás que te mueres de hambre; cuando por fín consigues sentarte delante del ordenador y te dispones a relajarte leyendo algún artículo en internet o contestar un mail importante; cuando entras a casa deseando que no se despierte para que te dé tiempo de quitarte tranquilamente la ropa, ponerte el pijama y hacer la comida; y sobre todo, el momento estrella, cuando decides meterte a la ducha. Éste último no falla jamás (por eso he decidido no ducharme hasta que no lleguen relevos porque no hay nada más estresante que ducharte mientras oyes llorar al enano desesperadamente y acabas saliendo casi sin aclararte el pelo para que vea que sigues ahí, empapada pero viva).
Pues como iba diciendo, una vez despierto el enano, aborto el tema de la limpieza y decido dedicar la tarde a hacer de mami, pero resulta que el enano se ha despertado cruzado porque sigue teniendo sueño (y para qué se despierta, me pregunto) y no hay manera de hacer que se vuelva a dormir. Aquí es cuando empieza el momento agobio mutuo que va en aumento, él se agobia y lloriquea y no se puede dormir y quiere brazos y que me ponga de pie y que le pasee y que me deje de muñequitos, y yo me empiezo a poner nerviosa porque ya le he dado ochocientos paseos arriba y abajo y me duele la espalda y cada vez que me siento en el sofá se queja y si lo dejo en el suelo se queja más y llora y yo no puedo oirlo llorar, porque es superior a mi oir llorar a mi hijo, así que intento calmarlo cantando, haciendo el mono, arre arre tatanet, anirem a Sant Benet, y venga canciones y venga paseos y ni con teta ni con canciones se quiere dormir el enano. Y yo, que tengo poca paciencia, ya empiezo a estar agobiada y quiero que vengan los relevos para salir un rato a airearme, pero sin hijos, y a tomarme una cerveza en la barra de un bar con ambientillo y luces bajas, y darle al palique y reírme un rato.
Y no sé si soy yo que me agobian los domingos o que no tengo paciencia o que me va demasiado salir a airearme y darle al palique, o si esto les pasa a todas las madres y no soy la única a la que le hace falta desconectar de canciones infantiles y oír alguna canción de esas que no entiendes la letra pero que te la inventas y te quedas tan ancha. Pero la verdad que me da igual si soy o no la única, a mi me sienta de maravilla. Y bingo! suena la puerta y llegó el relevo! y el domingo tocan unos colegas en un bar cerca de casa y tengo una quedada pendiente con una amiga que es un sol y es el plan perfecto para airearnos un rato, así que sí, hay oportunidades que no se pueden dejar escapar.
Me encanta acabar bien una tarde aburrida de domingo y sobre todo, volver renovada y con la sonrisa puesta y ganas locas de besar a mi niños y por supuesto al "relevo".
jueves, 20 de febrero de 2014
Que viva el Carnaval!
Y puestos a contar secretos (de los confesables), os confieso que soy un desastre supremo, al menos en lo que al tema logístico de fiestas infantiles se refiere. Y mira que me hace ilusión y que me lo paso pipa y que a la hora de hacer el mono disfruto como la que más, pero tengo que reconocer que al final acabo dejando para último momento los preparativos y con sentimiento de culpa por no haberme espabilado antes.
Siempre me había imaginado como una madre aplicada que prepara los disfraces de Carnaval de sus hijos con todo detalle para que sean los más guapos y los más originales de la fiesta. La reina de la creatividad y el reciclaje. Tal y como se ve el las pelis cuando la sacrificada madre llega de trabajar a las tantas y se pone a coser los últimos detalles del traje de super héroe de su hijito para que luzca perfecto al día siguiente. Pero no. No soy tan apañada ni tan creativa ni sé coser (ni me gusta) ni me quedan fuerzas para ponerme al trapo cuando por fin los tengo en la cama dormiditos.
Así que resultado: queda una semana para Carnaval y aún no tengo disfraz preparado y ni siquiera una idea clara de qué disfrazar a Joel. Y ahora es cuando empiezo a estresarme con el tema.
Odio coser (ya lo he dicho) y no te digo nada planchar. Me encantaría, - lo juro-, me encantaría poder hacer unos modelitos fantásticos o tunear la ropita de los peques o arreglar los agujeros de los pantalones de Joel (que las rodillas parecen coladores), pero es que me da una pereza de muerte ponerme a ello. Solo enhebrar la aguja ya me pone de los nervios. Menos mal que tengo una madre con bastante idea y con máquina de coser, que siempre te saca de un apuro y lo mismo te coge el bajo que te hace unas cortinas. Y claro, esto siempre es una ventaja.
Y cada año me propongo que el próximo me lo voy a currar, que se acabaron los disfraces comprados, que voy a organizarlo con tiempo y que con un par de telas y algo de imaginación hacemos maravillas. Y me acuerdo de los disfraces que nos hacía mi abuela que hasta les cosía lentejuelas. Pero aquí estamos, a una semana de carnavales y a una semana de volver al curro y con demasiados frentes abiertos como para ponerme manos a la obra.... pensando que Éric aún no ha empezado con las papillas, que solo tiene 5 meses (y deberían ser mínimo 6 meses de lactancia exclusiva) y que encima no quiere ni oler el biberón; que me voy a tener que espabilar para que la separación sea lo menos dura posible y que no haga huelga de hambre hasta que yo vuelva del trabajo; y que hoy me han llamado de la oficina y ya me esperan con un par de marrones y que lo que menos me apetece en el mundo es tener que ponerme a resolverlos.
Y bueno, ¿y qué? ¿qué pasa si no soy la madre perfecta de las películas? ¿qué pasa si no se coser? ¿qué pasa si aún no tengo un disfraz monísimo y original de la muerte? ¿eso hace que quiera menos a mis hijos? no, pues apa! siempre nos quedarán los disfraces de los chinos y una abuela dispuesta a echar una mano.
Siempre me había imaginado como una madre aplicada que prepara los disfraces de Carnaval de sus hijos con todo detalle para que sean los más guapos y los más originales de la fiesta. La reina de la creatividad y el reciclaje. Tal y como se ve el las pelis cuando la sacrificada madre llega de trabajar a las tantas y se pone a coser los últimos detalles del traje de super héroe de su hijito para que luzca perfecto al día siguiente. Pero no. No soy tan apañada ni tan creativa ni sé coser (ni me gusta) ni me quedan fuerzas para ponerme al trapo cuando por fin los tengo en la cama dormiditos.
Así que resultado: queda una semana para Carnaval y aún no tengo disfraz preparado y ni siquiera una idea clara de qué disfrazar a Joel. Y ahora es cuando empiezo a estresarme con el tema.
Odio coser (ya lo he dicho) y no te digo nada planchar. Me encantaría, - lo juro-, me encantaría poder hacer unos modelitos fantásticos o tunear la ropita de los peques o arreglar los agujeros de los pantalones de Joel (que las rodillas parecen coladores), pero es que me da una pereza de muerte ponerme a ello. Solo enhebrar la aguja ya me pone de los nervios. Menos mal que tengo una madre con bastante idea y con máquina de coser, que siempre te saca de un apuro y lo mismo te coge el bajo que te hace unas cortinas. Y claro, esto siempre es una ventaja.
Y cada año me propongo que el próximo me lo voy a currar, que se acabaron los disfraces comprados, que voy a organizarlo con tiempo y que con un par de telas y algo de imaginación hacemos maravillas. Y me acuerdo de los disfraces que nos hacía mi abuela que hasta les cosía lentejuelas. Pero aquí estamos, a una semana de carnavales y a una semana de volver al curro y con demasiados frentes abiertos como para ponerme manos a la obra.... pensando que Éric aún no ha empezado con las papillas, que solo tiene 5 meses (y deberían ser mínimo 6 meses de lactancia exclusiva) y que encima no quiere ni oler el biberón; que me voy a tener que espabilar para que la separación sea lo menos dura posible y que no haga huelga de hambre hasta que yo vuelva del trabajo; y que hoy me han llamado de la oficina y ya me esperan con un par de marrones y que lo que menos me apetece en el mundo es tener que ponerme a resolverlos.
Y bueno, ¿y qué? ¿qué pasa si no soy la madre perfecta de las películas? ¿qué pasa si no se coser? ¿qué pasa si aún no tengo un disfraz monísimo y original de la muerte? ¿eso hace que quiera menos a mis hijos? no, pues apa! siempre nos quedarán los disfraces de los chinos y una abuela dispuesta a echar una mano.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Sobre mi
Empiezo este blog con 34 años y a punto de reincorporarme al trabajo después de unos cuantos meses de desconexión laboral gracias al embarazo, parto y postparto de mi segundo hijo, Éric.
Teniendo en cuenta que ahora somos cuatro en la familia, la vuelta al curro (al menos al curro remunerado) y que tengo intenciones de seguir siendo una mujer con "vida propia" (léase con ganas de seguir teniendo actividades sociales independientes a la de ser madre), espero poder sacar tiempo para mantener este blog lo más activo posible.
Y porqué empiezo a escribir justo ahora? pues por varios motivos, pero principalmente para sacar pa' fuera. Sacar las cosas que me rondan por la cabeza, cosas que me callo, cosas que siento y otras que presiento. Seguramente, nada que no hayan pensado, callado, sentido y presentido muchas otras mujeres que, como yo, quieren ser Madres (y lo pongo con mayúsculas) sin renunciar a poder seguir teniendo vida propia.
Y es que ser madre (y padre, que no quiero discriminar) es la cosa más hermosa del mundo, pese a que a veces te sientas un disco rayado o te entren ganas de darle una colleja a tu hijo de las que resuenan cual platillo de batería o pienses que porqué no te lo comerías cuando aún estabas a tiempo y no te daba tanta guerra... Porque sí, lo reconozco, un hijo de casi 6 años da mucha guerra, mucha más que uno de cinco meses, y te saca muchas veces de tus casillas, sobre todo si es tan payaso y tan listo como el mio. Pero aún así estoy convencida, ser madre es la misión más bonita que hay. Porque como leí hace poco en el blog de un papi bloguero, se puede ser feliz y estar desquiciado, y estar desquiciado y feliz. Lo confirmo.
Así que esta soy yo, o una parte de mi, y estos son mis hijos, Joel y Éric, la otra parte de mi, que me llenan, me completan y también me traen loca (pero feliz). Poco a poco nos iréis conociendo a través de este blog, o al menos eso espero.
Teniendo en cuenta que ahora somos cuatro en la familia, la vuelta al curro (al menos al curro remunerado) y que tengo intenciones de seguir siendo una mujer con "vida propia" (léase con ganas de seguir teniendo actividades sociales independientes a la de ser madre), espero poder sacar tiempo para mantener este blog lo más activo posible.
Y porqué empiezo a escribir justo ahora? pues por varios motivos, pero principalmente para sacar pa' fuera. Sacar las cosas que me rondan por la cabeza, cosas que me callo, cosas que siento y otras que presiento. Seguramente, nada que no hayan pensado, callado, sentido y presentido muchas otras mujeres que, como yo, quieren ser Madres (y lo pongo con mayúsculas) sin renunciar a poder seguir teniendo vida propia.
Y es que ser madre (y padre, que no quiero discriminar) es la cosa más hermosa del mundo, pese a que a veces te sientas un disco rayado o te entren ganas de darle una colleja a tu hijo de las que resuenan cual platillo de batería o pienses que porqué no te lo comerías cuando aún estabas a tiempo y no te daba tanta guerra... Porque sí, lo reconozco, un hijo de casi 6 años da mucha guerra, mucha más que uno de cinco meses, y te saca muchas veces de tus casillas, sobre todo si es tan payaso y tan listo como el mio. Pero aún así estoy convencida, ser madre es la misión más bonita que hay. Porque como leí hace poco en el blog de un papi bloguero, se puede ser feliz y estar desquiciado, y estar desquiciado y feliz. Lo confirmo.
Así que esta soy yo, o una parte de mi, y estos son mis hijos, Joel y Éric, la otra parte de mi, que me llenan, me completan y también me traen loca (pero feliz). Poco a poco nos iréis conociendo a través de este blog, o al menos eso espero.
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