Y puestos a contar secretos (de los confesables), os confieso que soy un desastre supremo, al menos en lo que al tema logístico de fiestas infantiles se refiere. Y mira que me hace ilusión y que me lo paso pipa y que a la hora de hacer el mono disfruto como la que más, pero tengo que reconocer que al final acabo dejando para último momento los preparativos y con sentimiento de culpa por no haberme espabilado antes.
Siempre me había imaginado como una madre aplicada que prepara los disfraces de Carnaval de sus hijos con todo detalle para que sean los más guapos y los más originales de la fiesta. La reina de la creatividad y el reciclaje. Tal y como se ve el las pelis cuando la sacrificada madre llega de trabajar a las tantas y se pone a coser los últimos detalles del traje de super héroe de su hijito para que luzca perfecto al día siguiente. Pero no. No soy tan apañada ni tan creativa ni sé coser (ni me gusta) ni me quedan fuerzas para ponerme al trapo cuando por fin los tengo en la cama dormiditos.
Así que resultado: queda una semana para Carnaval y aún no tengo disfraz preparado y ni siquiera una idea clara de qué disfrazar a Joel. Y ahora es cuando empiezo a estresarme con el tema.
Odio coser (ya lo he dicho) y no te digo nada planchar. Me encantaría, - lo juro-, me encantaría poder hacer unos modelitos fantásticos o tunear la ropita de los peques o arreglar los agujeros de los pantalones de Joel (que las rodillas parecen coladores), pero es que me da una pereza de muerte ponerme a ello. Solo enhebrar la aguja ya me pone de los nervios. Menos mal que tengo una madre con bastante idea y con máquina de coser, que siempre te saca de un apuro y lo mismo te coge el bajo que te hace unas cortinas. Y claro, esto siempre es una ventaja.
Y cada año me propongo que el próximo me lo voy a currar, que se acabaron los disfraces comprados, que voy a organizarlo con tiempo y que con un par de telas y algo de imaginación hacemos maravillas. Y me acuerdo de los disfraces que nos hacía mi abuela que hasta les cosía lentejuelas. Pero aquí estamos, a una semana de carnavales y a una semana de volver al curro y con demasiados frentes abiertos como para ponerme manos a la obra.... pensando que Éric aún no ha empezado con las papillas, que solo tiene 5 meses (y deberían ser mínimo 6 meses de lactancia exclusiva) y que encima no quiere ni oler el biberón; que me voy a tener que espabilar para que la separación sea lo menos dura posible y que no haga huelga de hambre hasta que yo vuelva del trabajo; y que hoy me han llamado de la oficina y ya me esperan con un par de marrones y que lo que menos me apetece en el mundo es tener que ponerme a resolverlos.
Y bueno, ¿y qué? ¿qué pasa si no soy la madre perfecta de las películas? ¿qué pasa si no se coser? ¿qué pasa si aún no tengo un disfraz monísimo y original de la muerte? ¿eso hace que quiera menos a mis hijos? no, pues apa! siempre nos quedarán los disfraces de los chinos y una abuela dispuesta a echar una mano.
Ser perfecta- además de imposible - no es indispensable.
ResponderEliminarNo se puede ser buena en todo, siempre se cojea en algo. Afortunadamente no todos cojeamos en lo mismo, y eso está bien, porque así nos complementamos.
Como dijo Einstein :
Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Siendo consciente de esto y sabiendo pedir ayuda, todo solucionado, huelgan los sentimientos de culpa que no llevan a ningún lado.
Un besico y a mandar, guapa !!
No es cuestión de ser perfectas o no, que nadie lo es. Me refiero a que muchas veces nos hacen creer en un modelo de mujer "casi perfecta" que llega a todo, que trabaja, cuida la casa y a sus hijos, que estudia, que sale de fiesta, que está hecha un bombón, va al gimnasio y hasta tiene tiempo de hacer manualidades, pasteles y coserle el disfraz al niño.
ResponderEliminarNo sé si existe alguna mujer así fuera de las películas, pero la verdad es que si hay que jugar a ser "super women" yo me bajo del carro, que eso cansa mucho.