martes, 25 de febrero de 2014

Se acabó la siesta...

Hay días en los que acabas agotada, aburrida, agobiada y con ganas de salir corriendo a airearte un rato y tomarte una cerveza sentada en la barra de un bar con ambientillo y luces bajas, si es con una amiga con la que te puedas echar unas risas, mejor que mejor, porque eso de sentarte en la barra del bar sola cual mujer fatal, a mi no me va, yo soy un animal social y de los que le dan mucho al palique, así que necesito estar en compañía y contarnos la vida y como la vida siempre tiene cosas interesantes, pues siempre hago corto de tiempo. Y bueno, que me disperso cosa mala y de eso no va este post. Este post va de que eso mismito me pasó el domingo.

Domingo tranquilo y común, nada especial que lo diferencie del resto de domingos urbanos que me pego los meses de invierno. Mañana soleada ideal para pegarte un paseo y un vermoutillo al sol, comer fuera y acabar medio sobada, siempre con un ojo abierto, en un banco del parque mientras mi hijo mayor, Joel, juega al fútbol. A las cinco para casa que empieza a hacer rasqui y ya estoy aburrida del parque. A todo esto, Éric sobando la mar de bien, incluso demasiado bien. Y pienso: bueno, ahora que está dormido nos vamos para casa y aprovecho a hacer algo útil y sobre todo apasionante como vaciar el lavavajillas, recoger la cocina, doblar las ropas que tengo amontonadas desde hace una semana o ordenar el cuarto. ERROR! No sé como a día de hoy puedo seguir siendo tan ingenua. En cuanto pongo un pie en el portal de casa, Éric abre los ojos y se acabó la siesta! Os juro que entro sin hacer el menor ruido (ni para sacar las llaves), cierro el portón con tanto cuidado que parece que estoy manipulando un explosivo, llamo el ascensor rezando que no baje ningún vecino que me salude efusivamente y me despierte al enano para ver como está de gordi.... pero nada, no sé que pasa que no hay manera, cada vez que entramos parece que lo huele...

Y sí, lo tengo comprobadísimo, los bebés tienen un sensor implantado no sé donde que detecta cuando es el momento más perfectamente imperfecto para despertarse, que suele ser el preciso momento en el que tú te dispones a hacer algo importante o que sea por el motivo que sea necesitas que esté durmiendo. Así pues, estos momentos suelen ser, por ejemplo: cuando estás a punto de empezar a comer, especialmente cuando acaban de servir el plato a la mesa y estás que te mueres de hambre; cuando por fín consigues sentarte delante del ordenador y te dispones a relajarte leyendo algún artículo en internet o contestar un mail importante; cuando entras a casa deseando que no se despierte para que te dé tiempo de quitarte tranquilamente la ropa, ponerte el pijama y hacer la comida; y sobre todo, el momento estrella, cuando decides meterte a la ducha. Éste último no falla jamás (por eso he decidido no ducharme hasta que no lleguen relevos porque no hay nada más estresante que ducharte mientras oyes llorar al enano desesperadamente y acabas saliendo casi sin aclararte el pelo para que vea que sigues ahí, empapada pero viva).

Pues como iba diciendo, una vez despierto el enano, aborto el tema de la limpieza y decido dedicar la tarde a hacer de mami, pero resulta que el enano se ha despertado cruzado porque sigue teniendo sueño (y para qué se despierta, me pregunto) y no hay manera de hacer que se vuelva a dormir. Aquí es cuando empieza el momento agobio mutuo que va en aumento, él se agobia y lloriquea y no se puede dormir y quiere brazos y que me ponga de pie y que le pasee y que me deje de muñequitos, y yo me empiezo a poner nerviosa porque ya le he dado ochocientos paseos arriba y abajo y me duele la espalda y cada vez que me siento en el sofá se queja y si lo dejo en el suelo se queja más y llora y yo no puedo oirlo llorar, porque es superior a mi oir llorar a mi hijo, así que intento calmarlo cantando, haciendo el mono, arre arre tatanet, anirem a Sant Benet,  y venga canciones y venga paseos y ni con teta ni con canciones se quiere dormir el enano. Y yo, que tengo poca paciencia, ya empiezo a estar agobiada y quiero que vengan los relevos para salir un rato a airearme, pero sin hijos, y a tomarme una cerveza en la barra de un bar con ambientillo y luces bajas, y darle al palique y reírme un rato.

Y no sé si soy yo que me agobian los domingos o que no tengo paciencia o que me va demasiado salir a airearme y darle al palique, o si esto les pasa a todas las madres y no soy la única a la que le hace falta desconectar de canciones infantiles y oír alguna canción de esas que no entiendes la letra pero que te la inventas y te quedas tan ancha. Pero la verdad que me da igual si soy o no la única, a mi me sienta de maravilla. Y bingo! suena la puerta y llegó el relevo! y el domingo tocan unos colegas en un bar cerca de casa y tengo una quedada pendiente con una amiga que es un sol y es el plan perfecto para airearnos un rato, así que sí, hay oportunidades que no se pueden dejar escapar.
Me encanta acabar bien una tarde aburrida de domingo y sobre todo, volver renovada y con la sonrisa puesta y ganas locas de besar a mi niños y por supuesto al "relevo".

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Como dice la canción "si te mola, me contestas"...